Hola papito:
Hoy que es día del padre, quiero compartir contigo algunos pensamientos en voz alta y algunos recuerdos de nuestras vidas.
Creo que nunca te he dicho lo orgulloso que me siento de ser el único de tus 5 hijos que lleva tu nombre, aunque no soy el mayor... y como cada vez que me preguntan porque me llamó así, se me llena la boca de alegría al decir: “así se llama mi papá”.
Recuerdo como de chiquillo, bastaba un agudo y prolongado silbido tuyo, para que regresáramos a la casa, luego de todo el día entre juegos y diversión. O la vez que por estar de inquieto quebré un perro de yeso grande que adornaba la sala y por miedo me fui a acostar temprano, antes que llegaras del trabajo para que no me castigarás -cosa que además, nunca hacías- y cómo haciéndome el dormido, te sentí entrar a mi cuarto y creyéndome dormido, me acariciaste la cabeza y al día siguiente no me dijiste nada de mi travesura...
O las tantas veces que mi hermano Allan y yo quebramos las ventanas de la casa por nuestros partidos de béisbol de verano, que siempre decías: “ustedes verán como me pagan ese vidrio”, y la cosa no pasaba a más…
Recuerdo como con tanto esfuerzo nos compraste a mi hermano Allan y a mi nuestras bicicletas BMX para aquella navidad de mediados de los 80’s. Cuánto esfuerzo, para un albañil como tú, papito y como el Señor te dio una manita, “haciendo que te pegaras unos pedacitos de uno de los premios de la lotería de ese año”. Sabías que eso nos hacía felices y tú lo eras también.
Recuerdo que cuando te veía trabajando entre concreto, madera y blogs llegaba a meter mis narices porque quería ayudarte y aunque ha veces te preocupaba que me sucediera algo, siempre me permitiste estar a tu lado.
Cómo olvidar el día que aquel vehículo casi te arranca de nuestro lado, cuando te arrastró por delante con la bicicleta en que viajabas, mientras hacías un semáforo y cómo y te regresaron a casa casi muerto, como un Cristo, todo lleno de heridas y con tu cabeza vendada y tu brazo enyesado y como aún así, luego de unos días, seguiste construyendo la casa que con tanto amor levantabas para nosotros... la casa que luego quisiste vender ante los ruegos de mi madre que luego de ese casi fatal accidente, insistió para que regresáramos a San Ramón, tu tierra natal y nuestra tierra adoptiva primero y ahora nuestra también.
Nunca olvidaré la primera vez que saliste a vender lotería… nunca nos has dicho lo que ese día pasó por tu cabeza, seguro tenías temor y hasta cierto miedo ante ese nuevo reto, que con un amor tan grande por nosotros aceptaste para seguir sosteniendo tu numerosa familia... Cómo pasaste de ser aquel valiente albañil que pegaba cientos de blogs al día y dirigía a sus compañeros, a un vendedor de lotería que al inicio fue visto con recelo por los viejos vendedores de nuestro pueblo, que poco a poco te fueron aceptando en su gremio y luego a mi, porque muy pronto mi sueño de ayudarte se hizo realidad, cuando luego de la escuela salía corriendo a cambiarme para ir a ayudarte a vender chances, lotería y las famosas raspaditas...
Todavía saboreo la cena a que nos invitaste a mi mamá y a mi, el día de mi graduación de sexto grado de la Escuela Jorge Washington, ese día fuimos donde los chinos… una de las pocas veces que hemos estado solo nosotros tres.
Sé que te dolió que te dejara de ayudar para irme a trabajar al Mercadito, porque también tú te sentías orgulloso de ese chiquillo que escapaba ágilmente de los policías cuando me sorprendían vendiendo lotería en las cantinas… qué tiempos papito!!! Parece que sucedieron sólo hace una semana y ya han pasado más de 24 años…
No me pudiste acompañar a mi graduación de quinto año en el Instituto, porque el trabajo no te lo permitía (era viernes y había sorteo de chances…), pero sé que te sentiste orgulloso de ese nuevo logro, porque sabías que desde niño había manifestado mi inquietud de irme al seminario. Y siempre me apoyaste!!!
Los años pasaron y cada vez que había convivencia de padres de familia en el seminario, hacías mil cosas para poder participar, porque de nuevo el trabajo se quería interponer.
Todavía tengo en mi corazón tus lágrimas el día de mi ordenación diaconal y luego en la sacerdotal… como con disimulo te secabas los ojos, para que no se te notara que llorabas de felicidad…
Y más recientemente, tus lágrimas al darme la bendición cuando me vine a Roma en el 2008 a estudiar comunicación o en setiembre del año pasado cuando de nuevo nos despedimos para venir a terminar mi licenciatura.
No recuerdo si alguna vez te he dicho, que me siento orgulloso de tener un padre como tú, que me ha enseñado con amor y ejemplo de vida lo que significa ser un buen cristiano, un hombre de bien. Porque de ti aprendí lo que significa la honradez, la humildad, el trabajo, la obediencia, la fidelidad, la entrega y todo lo que soy, pues con tu propia vida eso fuiste sembrando en mi vida y en la de mis hermanos, con la ayuda de nuestra madrecita.
Gracias papito, porque ha pesar de ser un hombre de pocas palabras, siempre has tenido las palabras justas para los momentos más importantes de nuestra vida, los consejos necesarios y la sabiduría adecuada a cada circunstancia.
Gracias, por ser ese reflejo del amor de Dios en mi vida.
Te amo papito lindo!!!
